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Latinoamérica y sus “missing middles”: un grupo dinámico de empresas medianas y el poder adquisitivo de la clase media

La tecnología digital puede ayudar a la región a reiniciar el crecimiento inclusivo y recuperar el terreno perdido.

Latinoamérica fue por mucho tiempo la zona emergente más próspera del mundo, pero está a punto de ser superada por otras regiones considerablemente más pobres tiempo atrás. Pese a varias iniciativas de reforma, la región ha perdido terreno desde la década de 1980, principalmente debido a su lento crecimiento y a la distribución desigual de los beneficios de esos avances.

El “missing middle” de Latinoamérica: Reiniciando el crecimiento inclusivo (PDF—2MB) se enfoca principalmente en Brasil, Colombia y México, y examina dos zonas medias ausentes o “missing middles” que afectan a la región: un conjunto robusto de compañías medianas y una clase media fuerte con mayor poder adquisitivo. Las dos zonas intermedias están conectadas, ya que la expansión del pool de empresas modernas y competitivas puede conducir a empleos mejor remunerados y expandir la demanda de la clase media, condición esencial para nuevas inversiones. La ruptura planteada por la adopción de la tecnología digital constituye una oportunidad para reavivar este círculo virtuoso de crecimiento, pero serán necesarias asimismo grandes reformas para ayudar a las compañías a competir y preparar a los trabajadores para los cambios.

Sección 1

América Latina se enfrenta al doble desafío de un crecimiento lento del PIB y la distribución desigual de los beneficios de ese crecimiento

El crecimiento en Latinoamérica ha sido más lento y volátil que en otras economías emergentes, y la desigualdad en la distribución de los beneficios ha impedido el despertar de las economías locales y el crecimiento sostenido.

El aumento del PIB en la región promedió el 2,8 por ciento anual entre 2000 y 2016, bastante por debajo del 4,8 por ciento promedio de otras 56 economías emergentes durante el mismo período (sin incluir a China, que avanzó al doble de ese ritmo). Entre las economías latinoamericanas, Perú fue la que más creció, a una tasa promedio del 5,2 por ciento anual. De los tres países analizados en este informe, Colombia fue el más destacado, con un crecimiento promedio del 4,2 por ciento. La tasa registrada en Brasil, del 2,4 por ciento, estuvo más cerca del promedio de la región, en tanto que México se ubicó entre los más débiles, con apenas el 2,1 por ciento anual. Además de insuficiente, el crecimiento regional ha sido volátil, impulsado por el boom de los commodities provocado por la fuerte suba de los precios del petróleo, los minerales y algunos productos agrícolas, seguida de una abrupta caída.

El principal factor de crecimiento del PIB en América Latina ha sido la expansión de la fuerza de trabajo, consecuencia de una explosión demográfica y de la mayor participación femenina. La fuerza laboral aumentó en 66 millones de trabajadores entre 2000 y 2016, y esa expansión constituyó el 72 por ciento del crecimiento total del producto bruto en la región. Las tendencias demográficas están cambiando: la tasa de fertilidad en Latinoamérica bajó de 4,2 en 1980 a niveles de reemplazo (~2) en 2015. Esto significa que la región dependerá en el futuro de las mejoras de productividad y no de la expansión laboral como principal factor de crecimiento. Esto pondría a Latinoamérica al nivel de otras economías emergentes, donde el crecimiento del empleo tuvo una incidencia bastante menor en la evolución del PIB – 37 por ciento en promedio en 56 países, excluido China – y considerablemente menos importante que el aumento de la productividad.

El principal factor de crecimiento del PIB en América Latina ha sido la expansión de la fuerza de trabajo, consecuencia de una explosión demográfica y de la mayor participación femenina.

La fuerte reducción de la pobreza es un éxito notable, pero aún quedan más de 150 millones de personas en situación de vulnerabilidad en Latinoamérica

Desde el año 2000, 56 millones de personas – o más del 40 por ciento de la población latinoamericana en situación de pobreza en el año 2000 – logró cruzar el umbral de $5 diarios que marca la frontera de la pobreza extrema, reduciendo la proporción de personas pobres del 27 por ciento al 13 por ciento del total. Este avance fue posible gracias al boom de ingresos provocado por el aumento de precios de los commodities como también a las políticas estatales de ayuda a los menos favorecidos. Tales políticas incluyeron programas de transferencias de dinero en efectivo en México y Brasil, que condicionan la ayuda a la permanencia de los hijos en el sistema escolar o a la realización de controles preventivos de salud. Bolsa Família, el programa lanzado en Brasil en 2003, llega actualmente a 14 millones de familias, alrededor de una cuarta parte de esa población, y ayudó a reducir la proporción de personas que viven en la pobreza extrema del 10 por ciento al 4,3 por ciento en una década. Sin embargo, el impulso en la reducción de la pobreza se desvaneció con el inicio de la crisis financiera global de 2008 y el fin del auge de los commodities. Para 2018, las tasas de pobreza y extrema pobreza ya habían superado los niveles de una década atrás.

Si bien la pobreza disminuyó desde el año 2000, la lenta expansión de los empleos de mayor productividad y salario ha dejado a muchas personas en situación de vulnerabilidad. Pese a que ya no son oficialmente “pobres”, tampoco han alcanzado patrones confortables de gasto a nivel de la clase media, lo que implica que no pueden acceder a bienes y servicios más allá de las necesidades básicas y que podrían carecer de acceso al crédito, quedando expuestos al riesgo de volver a la pobreza ante una recesión económica o una crisis de salud o de empleo. Más de un tercio de la población de la región subsiste con menos de $11 diarios, sobre una base de PPA, incluidos 152 millones de personas en la categoría “vulnerable” con $5 a $11 diarios (más del 60 por ciento de ellas en Brasil, Colombia y México). Una proporción superior al 60 por ciento de la población vive con menos de $20 diarios (Gráfico 1).

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El 90 por ciento de los hogares latinoamericanos con menores ingresos consume solo el 64 por ciento de los bienes y servicios, la menor proporción entre todas las regiones del planeta

Los consumidores que logran ascender a la clase media poseen más dinero y acceso más fácil al crédito para gastar por encima de sus necesidades básicas, y tienen tendencia a consumir una mayor proporción de sus ingresos que las personas con más recursos. No obstante ello, la inequidad social es evidenciada por los patrones de consumo en América Latina. El 90 por ciento inferior en términos de distribución del ingreso en Latinoamérica – los hogares pobres y vulnerables de la región y la mayoría de la clase media – representa solo el 64 por ciento del consumo interno. Se trata de la menor proporción en todo el mundo, cercana a la del África subsahariana pero muy por detrás de otras regiones, donde el consumo del 90 por ciento más pobre equivale al 70 por ciento o más del total (Gráfico 2).

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Sección 2

La falta de una zona dinámica de empresas medianas reduce la competencia y la innovación

El panorama empresarial en América Latina está polarizado. La región cuenta con empresas poderosas, algunas de ellas con altos niveles de productividad y que han sido capaces de expandirse más allá de una fuerte base local para convertirse en compañías globales o “multilatinas” – potencias regionales con operaciones en toda Latinoamérica. Algunos ejemplos son AB InBev, América Móvil, Arcor, Bimbo, CEMEX, Embraer, FEMSA o Grupo Techint, entre otras. En comparación con las grandes firmas de otras regiones, estas compañías son menos en número y están menos diversificadas fuera de los sectores de energía, materiales y servicios públicos. Simultáneamente, Latinoamérica cuenta con una gran cantidad de empresas pequeñas, y a veces informales, que colectivamente proveen empleo a gran escala, pero cuya baja productividad y crecimiento afectan negativamente a la economía.

Es evidente la ausencia de un grupo activo de compañías medianas capaces de aportar dinamismo y presión competitiva para ampliar la oferta de puestos de trabajo productivos y bien remunerados en la región, tal como lo hacen estas empresas en muchas otras regiones en desarrollo. El Gráfico 3 muestra cuán menos prevalentes son las empresas pequeñas y medianas (ingresos superiores a $50 millones) para el tamaño de la economía latinoamericana en comparación con sus pares de otras geografías. Argentina, Brasil, Chile y México solo poseen cerca de la mitad de empresas grandes con relación a su PIB que un grupo de diez economías emergentes que utilizamos como referencias para comparaciones.

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Las grandes empresas latinoamericanas están expuestas a una competencia interna menos dinámica que en el resto de las regiones

El “missing middle” o la falta de compañías en la zona media reduce la presión competitiva sobre las grandes empresas establecidas. Al comparar a las empresas latinoamericanas con las grandes firmas en un conjunto de diez países utilizados como referencia (China, India, Indonesia, Malasia, Filipinas, Polonia, Rusia, Sudáfrica, Tailandia y Turquía), vemos varios indicios de que la dinámica competitiva es menos intensa, aunque con variaciones significativas entre los países. (Seleccionamos estas referencias sobre una base de variación geográfica y niveles de desarrollo asimilables, si bien no consideramos a la muestra globalmente representativa.)

El “missing middle” o la falta de compañías en la zona media reduce la presión competitiva sobre las grandes empresas establecidas.

En primer lugar, la cantidad de compañías de capital abierto con ingresos por encima de $100 millones desde el año 2000 es menor proporcionalmente en Latinoamérica que en las economías asiáticas de mejor desempeño. Mientras que el 87 por ciento de las empresas de este tamaño que cotizan en bolsa en los países de referencia cruzaron el umbral de los $100 millones después del año 2000, la proporción baja al 60 por ciento en Brasil y México. En el sector corporativo colombiano, mucho más pequeño pero más dinámico, el 81 por ciento de las empresas han superado ese hito desde el año 2000.

En segundo lugar, debemos mencionar la alta tasa de rotación en lo más alto del ranking. El quintil superior de compañías con ingresos mayores a $500 millones en las economías emergentes de mejor desempeño tiene grandes dificultades para permanecer en lo más alto: menos de la mitad de las firmas con más ganancias en un ciclo (es decir, retornos superiores al costo del capital) logran continuar allí en el ciclo siguiente. En Latinoamérica, podemos observar una distinción entre México, donde dos tercios de las firmas del primer quintil lograron mantener esa ubicación en los últimos 15 años, y Brasil, donde solo una tercera parte lo logró, lo que sugiere un mercado más dinámico. Otras economías de la región convergen hacia el promedio de las referencias.

En tercer lugar, esta dinámica guarda correlación con ganancias concentradas en algunos casos. Estudios recientes muestran que las firmas latinoamericanas han obtenido márgenes mayores y más estables para sus productos desde la década de 1980. Esto sucedió incluso antes del surgimiento del fenómeno de las “superestrellas”, grandes firmas globales que logran capturar una porción aún mayor de los ingresos y despegarse de sus pares. También notamos que los márgenes de ganancias de las empresas medianas y grandes en los tres países son mayores en casi todos los sectores desde el año 2000 en comparación con los países de referencia. La variación en el beneficio económico también es alta: el quintil superior de beneficio económico está en un nivel más alto y el quintil inferior en uno más bajo (más negativo) que en las economías de referencia. Las medidas proteccionistas, un legado de las antiguas políticas de sustitución de importaciones, continúan contribuyendo a los altos precios al consumidor en varias industrias.

Las causas de esta distribución de las compañías y su dinámica tienen origen en herencias comunes de sustitución de importaciones que favorecieron a un puñado de empresas privadas o grandes sociedades estatales en muchos sectores. Otras razones son las diferentes maneras en que las empresas del estado fueron privatizadas y, particularmente en el caso de Brasil, legislación impositiva y un marco regulatorio complejo que favorecen las operaciones a gran escala o la informalidad. Las desigualdades en el acceso al financiamiento, los problemas de infraestructura y el alto costo de los insumos también sacudieron a las organizaciones medianas. El resultado es un bajo nivel de innovación y especialización, esenciales para el crecimiento futuro. Brasil, Colombia y México están entre los países con menores índices de desarrollo en innovación: solo tienen entre un cuarto y un tercio del grado de difusión digital de Estados Unidos, por citar un ejemplo. Las inversiones en investigación y desarrollo (I+D) en la región son relativamente bajas: apenas el 0,3 por ciento del PIB en Colombia y el 0,5 por ciento en México, mientras que en Brasil son mayores (1,2 por ciento). En los países tomados como referencia, el promedio está en torno al uno por ciento.

Buena parte de la fuerza laboral de Latinoamérica está atrapada en una multitud de empresas pequeñas, improductivas y frecuentemente informales

El otro lado de esta economía dual está compuesto por una multitud de compañías pequeñas, muchas de las cuales operan fuera de la economía formal (al igual que algunas empresas medianas e incluso grandes). Estas empresas más chicas se caracterizan por su baja productividad y por absorber a una alta proporción de trabajadores no calificados. La mayoría está concentrada en sectores como comercio minorista, construcción y agricultura. Brasil ha sido el país más exitoso en reducir el nivel de informalidad de su fuerza laboral: la tasa cayó por debajo del 50 por ciento en 2015-16. México y Colombia tienen tasas bastante más altas, del 57 y el 62 por ciento, respectivamente, según encuestas de hogares en ambos países.

En México, por ejemplo, los pequeños comerciantes emplean a dos tercios de la fuerza de trabajo del sector, equivalentes a 6,6 millones de trabajadores, pero el valor agregado por empleado solo llega a alrededor de 1/7 del de los actores más grandes y eficientes del sector minorista.

El sector de comercio minorista deja a la vista la manera en que la gran cantidad de pequeñas empresas reduce la productividad total. En México, por ejemplo, los pequeños comerciantes emplean a dos tercios de la fuerza de trabajo del sector, equivalentes a 6,6 millones de trabajadores, pero el valor agregado por empleado solo llega a alrededor de 1/7 del de los actores más grandes y eficientes del sector minorista.

Para entender mejor a la gran cantidad de pequeñas empresas y su resistencia al cambio, llevamos a cabo una encuesta entre 3.000 trabajadores (informales, formales y autónomos) en Brasil, Colombia y México. Una de las conclusiones fue que la mayoría de los trabajadores consideran a la actividad autónoma como la principal alternativa cuando no es posible encontrar trabajo asalariado: el 70 por ciento de los participantes afirmó que el trabajo autónomo temporario o informal es una opción viable en épocas de incertidumbre económica. La incertidumbre es alta, y el 28 por ciento del total de trabajadores manifestó que no preveía continuar en su empleo en los 12 meses siguientes.

La encuesta también destacó las limitaciones que experimentan las empresas pequeñas. Alrededor del 28 por ciento de los encuestados eran trabajadores autónomos, la mitad de ellos empresarios formales. Solo uno de cada cuatro participantes afirmó tener acceso al crédito necesario para expandir su negocio, pero dos de cada tres manifestaron que desearían expandirse si pudieran hacerlo.

Sección 3

Un “missing middle” de consumidores frena la demanda interna y los incentivos para invertir

El otro “missing middle” es un grupo de consumidores con movilidad social ascendente cuyo ingreso disponible impulse la demanda económica y las inversiones en forma sostenible. Como ya mencionamos, muchas de las personas que salieron de la pobreza permanecen vulnerables porque aún no han alcanzado el nivel de vida más holgado de la clase media. Para este grupo, el principal camino hacia una prosperidad sostenida es acceder a empleos productivos y bien remunerados, que han demostrado ser escasos para satisfacer las necesidades de una fuerza laboral en rápida expansión en la región. Al igual que la ausencia de un nivel intermedio de compañías limitó la expansión de empleos atractivos con mayores salarios y oportunidades de desarrollo, también generó un desafío del lado de la demanda consistente en la falta de un sector intermedio de consumidores con ingresos suficientes para sostener una demanda interna robusta. Una demanda aletargada representa un fuerte obstáculo para el avance de la economía, pues limita el crecimiento de los mercados para las empresas locales generadoras de la mayoría de los empleos en una economía moderna. También obstaculiza el desarrollo y la provisión de bienes y servicios más complejos, que a su vez pueden fortalecer la economía al estimular las inversiones.

Los patrones de crecimiento que contextualizan la ausencia de este sector medio difieren en los tres países objeto de nuestro análisis. En Brasil, el boom de los commodities condujo a una mejora de los salarios y transfirió trabajadores desde la agricultura de baja escala hacia empleos poco calificados en establecimientos chicos con niveles de productividad inferiores al promedio A la inversa, en México, el crecimiento salarial ha sido notoriamente débil y en algunos casos negativo, incluso en sectores en expansión y de alta productividad, como la industria automotriz.

El consumo creció con la expansión demográfica, las exportaciones no cierran la brecha en la demanda, y tanto la inversión como el ahorro son bajos en términos relativos

El consumo de los hogares representa la mayor proporción de gasto del PIB en todas las economías y el 64 por ciento en América Latina, pero se ha expandido lentamente, con una contribución al crecimiento del PIB de apenas el 1,9 por ciento en comparación con el 2,7 por ciento de nuestras referencias de mercados emergentes. Sumado a ello, en comparación con las referencias, una proporción más alta del aumento del consumo observado en Latinoamérica proviene de la expansión poblacional y no de un mayor consumo per cápita. Desde el inicio del nuevo milenio, el consumo por habitante en América Latina creció solo el 1,8 por ciento, menos de la mitad que en los países emergentes de referencia (4,3 por ciento). Colombia tiene un nivel alto para la región, con un aumento del consumo per cápita del 2,8 por ciento desde el año 2000, en tanto que Chile y Perú presentan valores atípicos del 3,7 y el 4,2 por ciento respectivamente. En México sucede a la inversa: el aumento del consumo per cápita fue inferior al crecimiento de la población, en línea con la baja evolución de los salarios. Esto es relevante porque los patrones de consumo cambian a medida que el ingreso crece, favoreciendo el desarrollo de mercados de bienes y servicios complejos que significan nuevas oportunidades para las empresas.

Una proporción más alta del aumento del consumo observado en Latinoamérica proviene de la expansión poblacional y no de un mayor consumo per cápita

Las dificultades para acceder al crédito para consumo y el bajo grado de desarrollo de los servicios digitales en el sector financiero y el comercio minorista agravan la difícil situación de los más vulnerables. La inclusión financiera es limitada, y tanto en Colombia como en México, menos de la mitad de la población tiene acceso a una cuenta bancaria. Esto afecta la capacidad de los hogares para sacar el mayor provecho de sus ingresos a través del crédito y el ahorro. Solo el 6 por ciento de las ventas en Brasil en 2017 se concretaron por medios online, una proporción similar a la de India e Indonesia, aunque bastante más baja que la de China (16 por ciento) o Corea del Sur (13 por ciento). Sin embargo, ya hay señales de una inminente disrupción digital. En Colombia, por ejemplo, una start-up llamada Rappi ofrece entregas a demanda de artículos como alimentos o medicamentos y se ha convertido en uno de los primeros “unicornios” de Latinoamérica – start-ups valuadas en al menos 1.000 millones de dólares. El sitio de comercio online argentino MercadoLibre también está ganando terreno y creciendo en toda la región.

Las exportaciones pueden ayudar a cerrar la brecha de la demanda, y proveer los incentivos y los mercados que las empresas de Latinoamérica necesitan para invertir y ampliar su producción. Sin embargo, con la notable excepción de México, las exportaciones desempeñan un papel bastante menos relevante que en las otras economías emergentes que utilizamos como referencia; en la región, las ventas externas equivalen a apenas el 22 por ciento del PIB, frente al 36 por ciento en el grupo de referencia. México ha logrado un desempeño muy superior en ese rubro gracias al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), y sus exportaciones de bienes y servicios pasaron del 25 por ciento del PIB en el año 2000 al 38 por ciento en 2017. Pese a todo, los beneficios del aumento de las exportaciones no se han distribuido de manera amplia en la economía local.

Las expectativas de demanda futuras son el principal motivo que lleva a las empresas a invertir en mayores y mejores capacidades de producción. Con acceso limitado a los mercados internacionales y una demanda interna que crece lentamente, las naciones latinoamericanas han mantenido tasas de inversión más bajas que las de economías similares. En América Latina y el Caribe, las inversiones en 2016 equivalieron al 19 por ciento del PIB, una cifra inferior al promedio global del 24 por ciento y a la tasa de inversión de las naciones emergentes del este asiático (41 por ciento). De los tres países que analizamos en este estudio, solo Colombia se posicionó al nivel del promedio global gracias a una fuerte suba del 13 al 24 por ciento entre 1999 y 2015, antes de volver a retroceder.

En México, por ejemplo, los pequeños comerciantes emplean a dos tercios de la fuerza de trabajo del sector, equivalentes a 6,6 millones de trabajadores, pero el valor agregado por empleado solo llega a alrededor de 1/7 del de los actores más grandes y eficientes del sector minorista.

El ingreso no genera una expansión del consumo interno por diferentes motivos: comparación entre Brasil y México

El flujo del ingreso hacia una expansión del consumo interno puede ser lento por varias razones. Brasil y México constituyen dos ejemplos. En Brasil, las políticas sociales, el aumento del salario mínimo y una expansión del crédito durante el ciclo ascendente de los commodities dieron impulso al mercado interno, aunque no se lo pudo sostener. La mano de obra asalariada representó el 57 por ciento del crecimiento del ingreso bruto, gracias principalmente a la expansión del comercio minorista y de otros servicios de baja calificación. Sin embargo, el boom de la demanda no fue acompañado por reformas del lado de la oferta para elevar la productividad. Además, los altos precios al consumidor y el elevado costo del crédito continuaron desgastando el poder adquisitivo, incluso para quienes gozaban de mayores ingresos. Los beneficios se desvanecieron con la inflación y la inestabilidad macroeconómica una vez terminado el auge de los commodities. La expansión de la demanda resultó así insostenible, ya que careció del acompañamiento de iniciativas del lado de la oferta o de un contexto macroeconómico propicio para las inversiones privadas.

México, a la inversa, se enfocó en reformas en la oferta y en el acceso a los mercados de capitales, mejorando la productividad en los grandes segmentos modernos de muchas industrias hasta en un 5,6 por ciento en la década del 2000.

México, a la inversa, se enfocó en reformas en la oferta y en el acceso a los mercados de capitales, mejorando la productividad en los grandes segmentos modernos de muchas industrias hasta en un 5,6 por ciento en la década del 2000. Aun así, la demanda interna se ha estancado. La productividad en la gran cantidad de industrias pequeñas no mejoró y, a diferencia de Brasil, los beneficios no derivaron en un aumento salarial de base amplia; en lugar de ello, se materializaron en un mayor margen de ganancia. Por ejemplo, mientras la productividad de las manufacturas creció en promedio el 1,7 por ciento anual entre 2005 y 2015, los salarios se mantuvieron sin cambios. Dado que un crecimiento en el ingreso se vuelca al consumo (en contraposición al ahorro), esto limitó el potencial multiplicador de las mejoras de productividad como fuente sostenida de expansión de la demanda interna. Así, el crecimiento del mercado interno fue reducido, afectando los incentivos para la inversión. La más perjudicada con estos cambios fue la zona media.

El sector automotor mexicano constituye un claro ejemplo de la divergencia entre aumento de productividad y salarios. La producción creció a una tasa anual promedio del 7 por ciento desde 2006, y después de duplicarse en una década, la productividad laboral ahora se ubica en niveles similares a los de los principales productores mundiales. El aumento de los ingresos del trabajo provino de la incorporación de nuevos trabajadores en un nivel salarial equivalente a 1,6 veces el promedio nacional, pese a que el salario promedio de los trabajadores del sector automotor mexicano cayó durante ese período. En comparación, en el mismo punto de la evolución de su industria automotriz, Corea del Sur experimentó un crecimiento del 58 por ciento en los salarios del sector a lo largo de diez años de mejoras de productividad.

En Colombia, los patrones de crecimiento desde el inicio del siglo han sido más inclusivos. El incremento de los salarios promedió más del 2 por ciento anual, superando el aumento de la productividad y reflejando los avances en todos los sectores. Alrededor de seis millones de trabajadores se incorporaron a la fuerza laboral entre 2000 y 2015, con mejoras más pronunciadas para las mujeres. Pese a ello, esta rápida expansión desaceleró el crecimiento de los ingresos en comparación con economías similares. Por ejemplo, Tailandia también experimentó una expansión considerable de su fuerza laboral en el mismo período, pero logró igualmente un aumento de los salarios del 3,7 por ciento, casi el doble que en Colombia, gracias a importantes mejoras de productividad.

Sección 4

Reforzar la zona media para captar el próximo ciclo de crecimiento

Si las economías latinoamericanas fueran capaces de cerrar la brecha y fortalecer el sector medio, estableciendo un ciclo virtuoso de crecimiento inclusivo, la recompensa potencial sería significativa. Usando una simulación macroeconómica que supone que un crecimiento conservador de la productividad es equiparado por una mejora del empleo y del consumo en línea con las naciones más inclusivas, llegamos a la conclusión de que la materialización de un ciclo de crecimiento semejante podría elevar el PIB de la región para 2030 un 50 por ciento por encima del escenario base donde se mantienen las tendencias actuales, incluida una expansión reducida de la fuerza laboral. Ello equivaldría a un crecimiento per cápita de más de $1.000 anuales, o una inyección de $1 billón adicional al PIB en 2030. Alcanzar ese objetivo no será fácil: gobiernos y empresarios deberán adoptar una agenda política de crecimiento capaz de incluir los eslabones faltantes en reformas anteriores.

Incluso en una época de tensiones sociales y políticas, Latinoamérica cuenta con una nueva oportunidad para revitalizar el crecimiento inclusivo y herramientas novedosas para lograrlo: tecnologías digitales capaces de impulsar el aumento de la productividad y desarrollar las zonas intermedias, con la condición de que se las adopte y aplique a escala. Los emprendimientos digitales están en auge, con nuevas plataformas y aplicaciones desde comercio electrónico hasta finanzas digitales proliferando por toda la región; varias start-ups digitales ya han alcanzado valuaciones superiores a $1.000 millones.

La tecnología digital puede ayudar a resolver directamente algunos de los desafíos de Latinoamérica en torno a la ausencia del sector medio. Más allá de que no son una cura milagrosa o mágica, los avances digitales pueden facilitar actividades como crear una sociedad comercial, registrar bienes o presentar declaraciones de impuestos por Internet, reduciendo los costos administrativos. La tecnología digital hace que los mercados sean más eficientes, en sectores que abarcan, entre otros, la gestión de recursos naturales (como la tierra), la gestión del empleo y los servicios locales. Gracias a las plataformas digitales, las empresas pequeñas y medianas se convierten en “micromultinacionales” capaces de competir con rivales de mayor tamaño al ofrecer sus bienes y servicios en mercados online regionales y globales. Fundamentalmente, la tecnología digital puede crear (y de hecho lo está haciendo) empleos nuevos y más productivos en Latinoamérica, y el potencial impulso a la productividad que podría generar para las economías de la región compensaría las desventajas de los cambios demográficos. Al mismo tiempo, estas tecnologías plantean posibles riesgos para el crecimiento inclusivo en términos de pérdida de puestos de trabajo y mayor concentración de la riqueza.

Tres prioridades resultan clave para sentar las bases de una agenda procrecimiento e inclusiva en la región y prepararla mejor para enfrentar la disrupción digital.

La primera es la necesidad de crear un ambiente competitivo propicio para la expansión digital que recompense la innovación y ofrezca oportunidades para todos, en especial las empresas más apremiadas del sector medio. Esto implica usar herramientas digitales siempre que sea posible para evitar la burocracia, mejorar el acceso al financiamiento y reducir las barreras al ingreso y al crecimiento que afectan la agilidad y el desempeño. Segundo, será necesario rediseñar las normas regulatorias y crear mercados de trabajo y consumo que distribuyan las mejoras de productividad entre las clases vulnerables y medias. Si el objetivo de Latinoamérica es lograr la prosperidad para todos sus habitantes, los avances en productividad deberán fluir hacia los trabajadores en forma de mejores salarios en paralelo al desarrollo de nuevas competencias, y hacia las empresas dispuestas a reinvertir en su gente, en tecnología y en las comunidades donde operan. En tercer lugar, el propio gobierno puede sacar provecho de las plataformas digitales para elevar la eficiencia del sector público mejorando el costo y la prestación de sus servicios. Las instituciones tendrán que adaptarse y cambiar su enfoque: de proteger y regular el statu quo, a estimular nuevas inversiones y experimentar con nuevas soluciones.

Una proporción más alta del aumento del consumo observado en Latinoamérica proviene de la expansión poblacional y no de un mayor consumo per cápita

Tales cambios permitirán que Latinoamérica se posicione mejor para sacar partido de las tecnologías digitales y utilizarlas como fuente de productividad y crecimiento. Muchos países de América Latina ya están recorriendo este camino; si logra mantener y potenciar esta energía, la región podría estar lista para una “primavera digital”. Si bien los cambios podrán ser liderados por los actores y las tecnologías digitales, también se extenderán a los demás sectores de la economía. La disrupción en el ámbito digital y en la economía en general crea condiciones propicias para un modelo de crecimiento inclusivo en el que los gobiernos faciliten nuevas fuentes de productividad para empresas y trabajadores y diseñen políticas para compartir los beneficios con todos los ciudadanos.

Sobre los autores

Jaana Remes es Socia de McKinsey Global Institute, del cual Jacques Bughin y Jonathan Woetzel son Directores y James Manyika es Presidente y Director. Andrés Cadena es Socio Senior de la oficina de McKinsey en Bogotá. Alberto Chaia es Socio Senior de la oficina de Ciudad de México. Vijay Gosula es Socio Senior de la oficina de Salvador. Nicolás Grosman es Especialista con base en la oficina de Buenos Aires. Tilman Tacke es Socio de la oficina de Múnich. Kevin Russell es Consultor de la oficina de San Francisco.

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